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LA DIOSA Y EL DIOS EN LA MITOLOGIA TAINA ANTILLANA

Behique practicando el rito de la Cohoba
Los taínos al momento de la llegada de los españoles a las Antillas eran politeístas, es decir creían en distintos dioses como la mayoría de las culturas prehispánicas.

El dios principal Yocajú Bagua Maorocoti  es el padre creador que vive en el cielo, es un ser inmortal al que nadie puede ver y aunque tiene madre no tiene principio. Yocajú es la divinidad suprema hijo y abuelo mítico invisible e intangible como el fuego como el viento, el sol o la luna. 

Mon González sostiene que en Yocajú existe una tríada, así, cuando se fusionan Yocajú, con Baguá y con Maórocoti, es cuando nace el Gran Espíritu, que sería más amplio que sólo Yocajú, sería el equivalente a la deidad suprema que todas las culturas aborígenes americanas tienen en su mitología, a la Gran Conciencia Unitaria  

Visto por separado, por un lado, estaría Yocajú que es el Espíritu de la Yuca, simplemente, la Inteligencia Cósmica, la fuerza masculina. No hay que olvidar que la yuca era la base de la alimentación de los taínos; era lo que les daba el fuego vital (el equivalente al yang del taoísmo chino). Yocajú tambien se encuentra escrito como Yukahú, Yucahu, Yokahu o Yukiyú.

Baguá es el nombre que los taínos daban al Mar Caribe, es el Espíritu del Mar, el Alma simplemente, el Amor incondicional y la Sabiduría que de él se deriva, la fuerza femenina, el yin del taoísmo chino. La fusión de Yocajú y de Baguá se puede ver en otras culturas, es el equivalente a la fusión del Espíritu (elemento guía masculino) con el Alma (elemento guía femenino) de la concepción greco-cristiana (el Padre y la Madre) o a la fusión-equilibrio del yin-yang taoísta.

Maórocoti podría ser, pues, la fuerza de lo femenino, la que crea y da origen a las sociedades, y los taínos lo tenían presente en su cosmogonía. El término “Maórocoti”, viene de “ma” que significa “sin” y “órocoti” que significa “abuelo” lo que textualmente significa “sin abuelo” o como definía Pané “que tiene madre, más no tiene principio”, es decir, que al Gran Espíritu inmanente se le incorpora expresamente en su denominación un reconocimiento a su principio primigenio femenino y no ya el masculino, que con el tiempo se va perdiendo.

La deidad principal taína era, por lo tanto, una deidad en la que lo femenino tenía un gran poder. Precisamente ese poder de lo femenino que, por definición y naturaleza es amplio e incluyente, incorpora, amorosamente, como hacen las mujeres, todo lo que hay sobre la faz de esta bella tierra.

TRIGONOLITO, REPRESENTACION DE YOCAJU
La religión taína, al igual que muchas otras, tiene un anclaje claro en la trilogía, es decir, que son tres y las fuerzas que permean todo lo creado. Un aforismo taoísta del “Libro de las Trasformaciones” dice: “El Uno genera el Dos, el Dos genera el Tres y el Tres genera todas las cosas”. 



Yocajú suele estar asociado con los trigonolitos, aunque su trilogía también podría estar simbolizada por este recipiente de cohoba. El trigonolito, cemí tricornio o icono tricúspide estaba asociado al crecimiento de la yuca.

REPRESENTACION DE ATABEY
Atabey era consideraba por los taínos como la divinidad de la luna, de las aguas, del viento de la fertilidad y los nacimientos. Representa el principio femenino del mundo. Atabey es pues la madre de Yocajú Baguá Maórocoti. La concepcion de Yucajú en Atabey se realizó sin mediacion de ninguna potencia masculina, por lo que Yucahu no tuvo padre y Atabey e sel principio de los demás dioses.Su madre, diosa sin principio tiene cinco nombres: Atabey, Yermao, Guacar, Apito y Zuimaco para la sociedad taína el número de nombres que se adquirían en vida respondían a importantes mecanismos de diferenciación social. Así la madre era más poderosa que el hijo. 

Atabey significa, Madre de las Aguas a partir de “Atta”, madre, y de algún derivado de una palabra que se sigue usando hoy en las Antillas y que es “itabo” (charco o depósito de agua dulce y limpia). Agua que está muy unida a la fertilidad y al nacimiento. Otro autor traduce “Ataba” como principio y “ey” como perteneciente a, es decir, La que Pertenece al Principio. El segundo nombre Yermao estaría relacionado con una capa de algodón (mao) y podría simbolizar la labor de tejedora que desempeñaban las mujeres. El tercer nombre Guacar vendría, según de “wa” nuestra y “kairi” luna o mes, compuesto a su vez de “ka” fuerza e “iri” marea, menstruación, es decir, Nuestra Luna Fuerza de la Marea. Para Carrada, “Gua” sería el artículo y “car” bueno, es decir, La Bondadosa. El cuarto nombre Apito significaría Diosa. El quinto Zuimaco ¨Madre de Espíritus de Tierra¨. En la lengua yoruba de los esclavos africanos traídos al nuevo mundo en el s. XV a esta deidad se le denominaba Yemayá.

 Atabey, está asociada en su iconografía a las ranas, ya que el apareamiento de estos anfibios marca el comienzo de la lluvia momento de plantar la yuca, Diosa de la Yuca. De una belleza excepcional, enseñó a los hombres las ceremonias, los rituales y los misterios mágicos de los cemíes para propiciar la buena voluntad de los espíritus del mundo invisible. Les regaló la maraca que se hace sonar en los conjuros. Abrió camino entre los hombres y el esotérico misterio del animismo, aquella agrupación de creencias en la que los espíritus habitan en objetos que pueden ser bien animados o inanimados. El hombre primitivo creía que las cosas, plantas y animales tenían su propia alma.

Atabey guiaba a los difuntos a alcanzar el Coabay, es decir el país de los ausentes. Protegía a las parturientas, por esta razón los indígenas pasaban sobre el vientre de las embarazadas representaciones de ella para que no sufrieran desgracias o dolores durante el parto.



Por otro lado, no podemos dejar de mencionar a los Behiques. Para los taínos estos poseían un poder sobrenatural que los convertía en personas respetadas y temidas. Ejercían un poder considerable sobre todos los individuos de la tribu con la ayuda de la diosa Atabey. Al igual que la generalidad de chamanes, no eran sacerdotes, sino fundamentalmente médicos-hechiceros, aunque también ejercían el papel de teólogos, adivinos y profetas como intermediarios entre ellos hombres y sus divinidades.






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